Guardianes de amor y arte

Guardianes de amor y arte
Atraído por una leyenda, me acerqué a Sierra Nevada. Según cuentan algunos lugareños, en noches estrelladas e iluminadas por la luna, cuando el silencio de la sierra embarga corazones, cuando los sueños vuelan en todas direcciones, en ese momento que los pensamientos se relajan y la naturaleza reposa, deambulan dos espíritus que al compás de la música danzan. Uno es de una gitanilla que mueve sus brazos con gracia, el otro de un poeta que la sierra lleva por lapida. Enamorados de la vida, cuando esta descansa, salen de sus fosas recreándose hasta contemplar el alba. Llenan la Sierra de poesía y danza. Al amanecer, cuando vuelven a su eterna morada, se puede hasta oler las huellas de sus goces y en el manto de rocío, escritos algunos versos claman. Dicen que es Federico, y una musa le acompaña. Dicen que la noche brilla y el sol al día siguiente brama. Que algodones en el aire apuntan sus recorridos y que las flores crecen más altas. Que las rocas sonríen al caminante al pasar y que el verde invita a la esperanza. Y llegando a la cumbre se puede ver un anfiteatro de ilusión, interpretando a Bernarda Alba. A la hora de la siesta, el sonido una garganta, cante "jondo" y el replicar de unas palmas.
Parajes prohibidos a la maldad, donde solo el arte y el amor tienen cabida. Sobre su cielo un arco iris constante iluminando la Sierra, protegiendo la vida. Hablan de una noche de magia. Una pareja en su pena, ambos de Granada. Al morir su chiquillo, con el corazón vacío por la falta, decidieron quitarse la vida. Encaramados en la cumbre, a punto de saltar, oyeron un cantar y el latido una guitarra. Una imagen apareció cerca de ellos, hermosa criatura, gitana, sonrisa ancha y con un guiño de ojo les invitó hasta su estancia. Allí, ante sus miradas, sin dar crédito, bailaba la muchacha junto a un hombre que rasgueaba una guitarra. Melodía enmascarada, que unirles al baile llevó. Flotaban sobre la hierba en una danza constante, una alegría inusual les embargaba por completo. La noche brillaba. La luna reflejada sobre sus ojos, parecía querer entrar dentro de ellos. Giraban y giraban. Y entre sus giros oían el recitar de Federico. Su voz era cálida, suave, melodiosa y acompasada. Palabras de amor y llanto, de vida y muerte, de niños y viejos, de astros y estrellas, de ilusión y desazón. La luna se fue alejando absorbiendo su dolor. Y en una estela de estrellas, una carita divina les sonrió con amor. Acostados se despertaron a la vida, ante una mañana hermosa.
Cuentan que el espíritu del poeta y la bailarina, son guardianes de amor y arte.
3º Premio Narrativa Concurso de cuentos y leyendas.
Ateneu l´Alba de Cunit - 2005

